
En Santo Domingo, en una habitación impregnada de recuerdos, Ana Rosario, abuela materna de la pequeña Brianna Genao, sostiene con melancolía un cintillo y unas diminutas sandalias que su nieta no tuvo la oportunidad de usar plenamente. Rodeada de juguetes y pertenencias, Ana evoca con dolor el vacío que la niña dejó tras su misteriosa desaparición el pasado 31 de diciembre.
Para Ana, Brianna era mucho más que una nieta; era su inseparable «muñequita» y su compañera constante. «Pasaba la mayor parte del tiempo con su tablet… era amorosa, dulce, un poco hiperactiva y muy unida a mí», comentó con voz quebrada. La conexión entre ambas era tan especial que, si pasaban pocos minutos sin estar juntas, la niña enseguida preguntaba a gritos: «¡Mami, mami! ¿Dónde estás?».
Con especial tristeza, Ana recordó los últimos momentos compartidos con Brianna. Todas las mañanas, era recibida por la niña con un «buen día» y un «te amo», palabras que ahora resuenan interminablemente en su memoria.
El día de la desaparición, la familia realizaba los preparativos para la cena de Año Nuevo. Entre actividades como limpiar el patio y el aroma del cerdo asado, Brianna se mostraba feliz. A las 4:35 p.m., le tomaron lo que sería su última foto: recostada en una cama, usando unos lentes y su «bobo», como solía llamar a su chupete.
Instantes después, mientras Ana se encontraba en el baño, escuchó a la niña responder un último «aquí estoy». Pero al salir y preguntar por ella a los demás familiares, Brianna ya no estaba.
Lo que más ha golpeado a Ana es el giro de las investigaciones, señalando como presuntos implicados a sus propios hermanos, Reyes y Rafael (Papito). «Son mis hermanos, con quienes crecí… sigo sin entender ni encontrar explicaciones», expresó Ana, visiblemente afectada por las inconsistencias en los testimonios sobre lo ocurrido ese día.
Han pasado 12 días de desesperación, y la ausencia de Brianna ha consumido a Ana. El sueño y el apetito se le han escapado. «La sigo escuchando llamarme… desde entonces no he podido volver a dormir», confesó mientras guardaba cuidadosamente las sandalias que tanto le gustaban a su nieta, quien solía decir que la hacían sentir como una princesa.






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